¿Alguna vez se ha preguntado por qué en la oscura Edad Media algunas personas morían de peste, mientras que otras no solo no se contagiaban, sino que incluso cuidaban de los enfermos? La respuesta es sencilla. Tenían un sistema inmunológico fuerte.
El sistema inmunológico es como un escudo que nos protege de los invasores que intentan constantemente entrar en nuestro organismo por todos los medios posibles. ¿Por qué? Quieren nuestra energía, un lugar para sobrevivir y multiplicarse. No se trata de otra cosa. Están programados así. Virus, bacterias, levaduras, clamidias y muchos otros. Están siempre a nuestro alrededor. Es solo una ilusión pensar que algún día se lograrán erradicar por completo. El enemigo se perfecciona constantemente. Y el ser humano, por el contrario, se debilita continuamente con su estilo de vida cada vez peor.
Nuestro sistema inmunológico evita que los patógenos entren en el organismo y, si logran pasar, intenta eliminarlos. Para ser exactos, el sistema inmunológico no solo se encarga de los enemigos externos, sino también de los internos. Estos pueden ser, por ejemplo, células cancerosas, células dañadas o algunos microorganismos que se multiplican de forma indeseada en la microbiota.
También es muy importante que el sistema inmunológico sea capaz de distinguir qué células son buenas y con cuáles debe luchar. Si no logra hacer esta distinción correctamente, comienza a atacar a nuestras propias células, lo que da lugar a un problema autoinmune.
Nuestro sistema inmunitario se puede dividir en dos partes. En la inmunidad innata o inespecífica y la inmunidad adquirida o adaptativa (capaz de adaptarse).
Inmunidad innata
Imaginen la primera como las montañas y colinas que protegen un territorio de la invasión de los hunos. Las montañas y colinas en nuestro organismo están formadas por la piel, el sudor, la saliva, los jugos gástricos, las células, por ejemplo, los fagocitos, que son un tipo de glóbulos blancos capaces de absorber patógenos, partículas del entorno externo y diversos tipos de sustancias producidas no solo por las células inmunitarias.
Por ejemplo, las interleucinas, entre las cuales hay algunas que provocan fiebre y así eliminan patógenos (p. ej., IL-1), las quimiocinas, los interferones alfa y beta, que son sustancias producidas por las células atacadas y ayudan a proteger las células sanas adyacentes a las células atacadas, y los factores de crecimiento que favorecen la multiplicación de las células inmunitarias.
Un componente importante es también el sistema del complemento y los marcadores de inflamación, por ejemplo, la PCR. Son capaces de marcar una partícula peligrosa para que los fagocitos la absorban, desencadenar una respuesta inmunitaria o matar directamente a la bacteria creando en su superficie un complejo que daña la membrana celular. Esta parte de la inmunidad reacciona siempre de la misma manera, no es capaz de evolucionar, no tiene memoria inmunológica. Contra los patógenos con los que ya se ha encontrado, lucha siempre con la misma fuerza contundente.
Inmunidad adquirida
Por el contrario, la inmunidad adquirida es como un ejército bien entrenado y armado. Se compone de un componente humoral, que son las inmunoglobulinas (anticuerpos), y de dos tipos de glóbulos blancos: linfocitos B y T.
A diferencia de la inmunidad innata, la inmunidad adaptativa puede recordar con qué patógenos ha tenido que luchar en el pasado. Y si el mismo patógeno vuelve a aparecer, la intervención de esta inmunidad es más rápida y dirigida.
Los linfocitos B se originan en la médula ósea y producen proteínas llamadas anticuerpos. Estos son eficaces principalmente contra patógenos extracelulares. Los linfocitos T también nacen en la médula ósea, pero gradualmente van a la "escuela" en nuestro timo, donde aprenden cómo vencer a los patógenos. Las inmunoglobulinas pueden identificar y marcar al patógeno, limitar su movilidad o incluso matarlo.
Hemos descrito una parte de nuestro organismo que es capaz de protegernos de enemigos externos e internos. Pero, ¿quién es ese enemigo? Si queremos vencer al enemigo, debemos conocerlo.
No es posible en este texto describir todos los patógenos con los que nuestro organismo puede encontrarse a lo largo de la vida. Echemos un vistazo a uno que, en los tiempos actuales, ha ganado una gran popularidad, aunque bastante negativa.
Sí, el patógeno es un virus. Un virus es un organismo acelular muy pequeño. Se encuentra en el límite entre un organismo vivo y uno no vivo. La mayoría de los científicos lo clasifican como no vivo.
Sin embargo, es una cuestión de perspectiva. La medicina china sostiene que todo ser vivo contiene 3 tesoros: Shen (espíritu o intención), Qi (energía) y Jing (esencia, materia). El virus ciertamente tiene materia. Es solo ARN o, a veces, ADN envuelto generalmente en una capa de proteína. También tiene energía, aunque, como buen parásito, la toma de la célula huésped. Y probablemente también tenga Shen, algún tipo de intención, un programa que intenta llevar a cabo.
Generalmente percibimos a los virus como nuestros enemigos. Sin embargo, los virus libran una batalla mucho más extensa contra las bacterias. Ese es su archienemigo. No obstante, como vemos hoy, los virus también suelen ser un gran problema para el ser humano.
Los virus no pueden multiplicarse por sí mismos. Necesitan una célula huésped para ello. Los virus tampoco son capaces de moverse. Se "desplazan", por ejemplo, junto con las gotículas que expulsamos al estornudar o toser.
Tienen unas llaves, unos activadores, gracias a los cuales son capaces de abrir las cerraduras situadas en las células de nuestro organismo. El virus desbloquea la célula, entra en ella y empieza a imponer sus propias reglas. Su objetivo es replicarse. La célula deja gradualmente de cumplir las funciones en el organismo para las que fue creada y empieza a trabajar en beneficio del virus.
Durante la replicación se producen errores con bastante frecuencia, lo que da lugar a diversas mutaciones de los virus. Si la mutación es desventajosa para el virus y no mejora su capacidad de supervivencia, el virus desaparece. Sin embargo, si la mutación le confiere alguna ventaja sobre otros virus, este virus mutado comienza a desplazar a los demás y a predominar gradualmente en el organismo.
Los coronavirus son un grupo de virus bien conocido que nos molesta cada otoño y que se manifiesta típicamente con resfriados. Sin embargo, durante la replicación surgen mutaciones que son más activas que los coronavirus comunes para los que nuestro sistema inmunológico ya está preparado. Y entre ellos se encuentra el coronavirus SARS-CoV-2 (Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2).
Al principio de su propagación, el problema era que nuestro sistema inmunológico no podía reconocer y eliminar rápidamente este tipo de virus. Y tardaba más tiempo en reconocerlo, en empezar a generar una respuesta inmunológica y en comenzar a eliminarlo.
Por lo tanto, sabemos cómo funciona la defensa y sabemos parcialmente cómo es nuestro enemigo. Entonces, ¿qué podemos hacer para no enfermarnos? ¿Cómo podemos defendernos?
El propósito de este artículo no es hablar de tratamientos. La prevención es extremadamente importante.
Es necesario orientar nuestro estilo de vida para que nuestro organismo funcione de manera óptima y tenga suficiente energía para construir un sistema inmunológico fuerte:
Coma de forma saludable, variada y regular. Consuma alimentos de calidad y sin procesar químicamente.
Duerma lo suficiente y descanse adecuadamente.
El ejercicio regular es importante, pero no debe ser demasiado agotador.
Intente mantener sus emociones bajo control (lo cual es una tarea bastante difícil hoy en día).
Disfrute de las pequeñas cosas y cultive buenas relaciones. Todo mejorará.