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El cerdo era un animal de climas cálidos. Se criaba en la época de los primeros faraones en Egipto y a los antiguos griegos también les gustaba mucho comerlo. También entre nosotros se criaban muy a menudo cerdos de tipo cárnico y la matanza en otoño era una fuente de carne para el largo invierno. La carne se ahumaba y se conservaba en salazón en barriles de madera.

Contiene vitaminas B1, B2, B3.

La carne de cerdo es cálida, por lo que no es muy adecuada para consumirla en verano ni para usarla en barbacoas. Nos calienta demasiado innecesariamente. Tiene un sabor dulce y salado, favorece la función hepática, nutre los riñones, forma sangre y humecta.

Deben evitar esta carne quienes padezcan enfermedades de la piel, y también deberían consumirla con mucha moderación las personas con enfermedades cardiovasculares. En otoño e invierno es un complemento alimenticio adecuado que nos aporta energía y calor. Al asarla, añada por ejemplo manzanas, como hacían nuestros antepasados, para neutralizar un poco el calor de la preparación. El consumo excesivo de carne de cerdo conduce a la obesidad y genera humedad y mucosidad.