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Los frutos del ciruelo provienen del Cáucaso, desde donde se extendieron por todo el mundo. Uno de los huesos de ciruela más antiguos fue encontrado en excavaciones del periodo del Imperio Romano.

Carlos IV trajo el ciruelo a nuestras tierras desde Francia. Los frutos se secaban, se estofaban, se utilizaban en platos dulces y se cocinaban para hacer mermelada para pasteles.

Tienen un alto contenido de agua (alrededor del 80%), ácidos orgánicos, taninos y, entre los minerales, sodio, potasio, fósforo, calcio, magnesio y hierro, además de vitaminas B1, B2, C y provitamina A.

Optimizan la transformación de los carbohidratos, favorecen la concentración, limpian el intestino, ayudan con el estreñimiento y fortalecen el corazón y el sistema inmunológico.

Las ciruelas tienen un sabor de dulce a ácido y una naturaleza de neutra a cálida. Limpian el calor del hígado, favorecen la producción de fluidos y son diuréticas.