Los guisantes se encuentran entre nuestras legumbres históricamente más utilizadas. Se cocinaban como puré, se aderezaban con manteca o tocino, o se servían como sopa con pan tostado. Hoy en día han caído un poco en el olvido. Son calóricamente densos, contienen un 23% de proteínas y son muy saciantes. Los guisantes, al igual que otras legumbres, son más difíciles de digerir porque contienen mucha celulosa. Por ello, es recomendable prepararlos en forma de sopas pasadas o purés. Esto asegura una menor flatulencia.
Antes de cocinarlos, los guisantes se ponen en remojo para que se hinchen, se cocinen más rápido y sean más fáciles de digerir. Los antiguos libros de cocina checos incluso recomiendan dejar germinar las legumbres antes de cocinarlas. De este modo, se convierten en una planta viva que se enriquece repentinamente con vitaminas B, A y C, dependiendo de si germinan en la oscuridad o a la luz. También es recomendable utilizar jengibre crudo, tomillo, mejorana o laurel al cocinar guisantes y otras legumbres para reducir la flatulencia. Los guisantes con cebada no podían faltar en la mesa durante la Nochebuena. Muy a menudo, los guisantes se servían con chucrut, que equilibraba la naturaleza acidificante de los guisantes.
Los guisantes son de naturaleza neutra y sabor dulce, por lo que benefician al bazo y son adecuados y nutritivos para nuestro centro y el apoyo energético del organismo, además de tener propiedades deshidratantes.

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